Arte y procesos creativos en la circulación de la espiritualidad wixárika

"En 1968 Carlos Castaneda publicó Las enseñanzas de don Juan, el primero de una serie de libros que se volvieron sumamente populares en Estados Unidos y México. Para estos últimos años de la década de 1960, había brotado un inusitado interés por el fenómeno de las plantas psicotrópicas y su relación con culturas aborígenes que compartieron tanto jóvenes de la subcultura hippie como algunos académicos y científicos. Era, además, un momento de crisis política y cultural en ambos países, donde se cuestionaban las metanarrativas nacionales y se suplantaban con el deseo por “el rescate de las tradiciones negadas o desvalorizadas por la historia de occidente” (De la Torre et al., 2013: 31). Esta coyuntura se tejió con una fuerte atracción y afecto hacia los pueblos originarios en que se desplegaban símbolos e imágenes históricamente construidos por los no indígenas y consumidos por medio de prácticas cotidianas.

A finales de 1960, mientras el Estado mexicano activaba instrumentos para desarrollar las zonas indígenas mediante el Instituto Nacional Indigenista (ini), una variedad de individuos buscaba sujetos indígenas dispuestos a abrirles la puerta hacia espiritualidades herméticas. Se trataba de fuerzas paradójicas que pese a estar basadas en imaginarios similares del “ser indígena”, pretendían formas distintas de relacionarse con individuos y comunidades indígenas. Mientras que el Estado buscaba asimilarlos mediante la conservación de algunos aspectos folclóricos que coadyuvaban a la empresa nacionalista y una buena dosis de civismo mexicano, viajeros independientes buscaban la alteridad por medio de un mundo indígena desconocido.

Hasta la década de 1960, las comunidades wixaritari (huicholas) —ubicadas en la Sierra Madre Occidental de Jalisco, Nayarit y Durango— permanecieron a los márgenes de las intervenciones gubernamentales y de las investigaciones académicas. Esta “región de refugio”1 había presentado un fuerte reto para los conquistadores españoles, así como para los gobiernos republicanos ya que su geografía servía como una barrera física a los acontecimientos políticos, económicos y culturales que sacudían el resto del país. El historiador José Epigmenio Santana (1930: 38) señala que la Sierra Madre Occidental tuvo que conquistarse dos veces entre 1527 y 1722, y aun así la entrada de funcionarios estatales, entidades religiosas e investigadores fue escasa. Las comunidades wixaritari también se mantuvieron relativamente autónomas gracias a su capacidad de negociación y resistencia. Con la excepción de algunos investigadores como Carl Lumholtz, León Diguet, Theodor Konrad Preuss y Robert Mowry Zingg, no fue hasta mediados de 1960 cuando este pueblo originario llamó la atención de un público más amplio. Fue en este momento cuando los movimientos paralelos y a veces entrecruzados del Estado, la Iglesia, la academia y los exploradores abrieron las puertas a una creciente visibilidad del pueblo wixárika. A más de cuarenta años de Las enseñanzas de don Juan, esta etnia se encuentra en la mira de una aglomeración de personas y asociaciones interesadas en sus prácticas espirituales y su uso del peyote. 

El presente capítulo explora la circulación de símbolos religiosos y prácticas espirituales wixaritari durante los últimos 50 años en relación con el papel que ha tenido la cultura material wixárika en visibilizar una estética con vínculos espirituales. Inmersas en un contexto de democratización y mediatización nacional intensa, y enmarcadas por una economía de mercado neoliberal, estas representaciones y prácticas visuales han acelerado el interés de un público global por visitar los territorios comunales ubicados en la Sierra Madre Occidental, así como los sitios sagrados fuera de esta región; en particular la Reserva Natural y Cultural de Wirikuta, lugar de peregrinación y hábitat del hikuri o peyote en el semidesierto de San Luis Potosí.

Aunque Wirikuta ha sido una atracción para el turismo espiritual durante varias décadas, en 2010 se volvió particularmente visible cuando se dieron a conocer una serie de concesiones mineras que amenazaban la ecología e integridad cultural de la zona sagrada. Las movilizaciones cívicas en torno a la defensa de Wirikuta marcan una inusitada coyuntura histórica para el pueblo wixárika en donde las representaciones de corte espiritual y despolitizado se enlazan con un movimiento por los derechos a la autodeterminación y la defensa territorial y cultural de este pueblo originario. El caso de Wirikuta, así como las crecientes redes Nueva Era que se nutren de aspectos religiosos wixaritari nos permite ver cómo dicha visibilidad ha favorecido la defensa territorial y cultural wixárika, pero también ha contribuido a crear representaciones incompletas y reducidas de la cultura wixárika, especialmente en relación con su cosmovisión cada vez más cotizada. De este modo, el pueblo wixárika y sus relaciones con personas externas a la comunidad originaria representan un vértice que permite observar uno de los casos en México de hibridación cultural acelerada cuyos vínculos con el turismo espiritual, ecológico y cultural están en constante reestructuración."

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